viernes, 2 de abril de 2010

ORACIÓN DE CAÍN de JOSÉ LUIS PIQUERO


En ocasiones, en contadas ocasiones (o en muchas, dependiendo del grado de fortuna) encontramos poemas (en libros, en revistas, en internet...) que nos despiertan el asombro con una absoluta rotundidad. Podría decirse que, en cierto modo, llegan a nosotros como un puñetazo en la boca del estómago o como una descarga eléctrica que nos atraviesa desde los pies a la cabeza. La cuestión, en definitiva, es que sentimos que ese poema nos ha sacudido y nos ha despertado del letargo a que otros muchos poemas (en libros, en revistas, en internet...) nos someten por su tono anodino o previsible. En esta ocasión, como ese rayo que no cesa, ese poema que ha cogido mi corazón por las solapas y me ha gritado la verdad delante de mis ojos, ha sido el poema de José Luis Piquero, Oración de Caín. En cierto modo es un poema espejo, un poema en el que vemos nuestros defectos y compartimos ese defecto con toda la sociedad. Creo que todo cuanto refleja el poema es cierto; o se acerca a la verdad de manera muy certera; o es una verdad que no aceptamos porque es más fácil mirar hacia otro lado y hacernos los desentendidos. Pero si a la poesía debemos exigirle que sea parte de nuestra conciencia, y nuestra conciencia es parte -queramos o no- del sentimiento de tribu, creo que es fundamental aquella poesía que nos invita a mirarnos por dentro, que nos incita a la ironía, que nos convida a la revisión de nuestra idiosincrasia y nuestros actos. Y, en ese sentido, en esa línea, este poema nos despierta, nos golpea, nos aturde. Y, por ello, agradezco toda poesía que nos ayuda a conocernos, a reirnos de nosotros, a llamar las cosas por su nombre. Aunque la verdad levante ampollas y los versos nos quemen en los labios.


ORACIÓN DE CAÍN


Gracias, odio; gracias, resentimiento;
gracias, envidia;
os debo cuanto soy.
Lo peor de nosotros mantiene el mundo en marcha
y la ira es un don: estamos vivos.

De quien demonios sean las sonrisas,
derrochadas igual que mercancía barata,
yo nunca me he ocupado.
Gracias por no dejarme ser inconstante y dulce
mientras levanta el mundo su obra minuciosa de dolor
y nos hacemos daño unos a otros
amándonos a ciegas,
con torpes manotazos.

Yo soy esa pregunta del insomnio
y su horrible respuesta.
Bésanos en la boca, muchedumbre, y esfúmate,
que estamos siempre solos y no somos felices.

Gracias, angustia; gracias, amargura;
por la memoria y la razón de ser:
no quiero que me quieran al precio de mi vida.

Gracias, señor, por mostrarme el camino.
Gracias, Padre,
por dejar a tu hijo ser Caín.

José Luis Piquero

2 comentarios:

  1. Fue escrito para eso. Esa emoción es legítima: la compartimos los que escribimos y los que leemos. Gracias por esta convocatoria.

    ResponderEliminar
  2. Estimado tocayo: Así lo entendí y ésa es la fuerza de la verdad y de la emoción. Me gusta tu poesía y te seguiré leyendo.

    ResponderEliminar